
No sé qué hace falta para que mi voz deje de sonarme prestada. No tengo la respuesta completa todavía. La rastreo desde hace semanas en un cuaderno junto a la silla, entre llamadas de Customer Success, tratando de entender por qué escribir se me da fácil y hablar en vivo se me atora en la garganta. Aquí anoto también por qué, entre tantos cursos de oratoria para principiantes, elegí uno hecho para la comunicación diaria de una llamada de trabajo y no para tarimas.
Antes de seguir: en este diario comparto enlaces de afiliación. Si te matriculas en alguno de los cursos que menciono, recibo una comisión — el precio que pagas no cambia por eso. Hablo solo de lo que uso semana tras semana, y la política completa está en el pie de página.
Lo que mi comunicación diaria delataba antes de este curso
Llevo un tiempo trabajando en Customer Success, hablando con clientes casi todos los días. Una tarde mi jefa me lo dijo sin filtro: escribo como quien nunca se equivoca, pero en las llamadas mi voz se esconde. Y, lo digo en serio, tenía razón. Detrás del teclado soy asertiva; frente al micrófono, el silencio antes de quitar el mute todavía se siente como un vacío largo.
Cuando busqué un curso de oratoria para principiantes no quería una fórmula para pararme frente a mil personas. Quería resolver lo de todos los días: una actualización técnica que explicar, un cliente que se queja, una pausa que no sé llenar. Ese fue el filtro real — si el programa hablaba de tarimas y discursos, lo descartaba de una vez; si hablaba de llamadas y reuniones pequeñas, me quedaba a mirar el temario completo.
Compré un cuaderno para dejar junto a la silla, no para anotar técnicas de discurso sino para registrar qué pasaba cada vez que intentaba hablar. Escuchar mi propia voz por primera vez quedó ahí, en letra apretada, como el primer tropiezo real de esta rutina. No necesitaba ser conferencista; necesitaba dejar de pedir permiso para ocupar mis propias palabras.
¿Tarima o llamada de trabajo?
Cuando por fin entré al catálogo de Hotmart me topé con nombres que prometían conferencista de estadio o gurú de ventas. Nada de eso me servía un lunes con la agenda llena de llamadas de seguimiento. Me quedé con El Arte de Comunicar porque el temario hablaba de reuniones normales, no de auditorios, y el tono del profesor era pausado, casi como una conversación de domingo. Tenía una calificación de 4.5, aunque todavía con pocas reseñas, así que antes de matricularme vi la clase de muestra completa más de una vez para no comprar una promesa vacía.
Consideré también Yo Hablo en Público, que me pareció más indicado para semanas de presentación grande, cuando toca pararse frente a una junta directiva y no frente a un cliente molesto por Zoom. Lo guardé para después. Mi pelea, por ahora, era la de todos los días.
Armar una rutina que no se salte semanas
Armé algo simple: un módulo nuevo cada semana, sin adelantarme aunque tuviera tiempo de sobra. Antes de este curso ya había probado ejercicios de respiración que sacaba de YouTube, y funcionaban perfecto. Hasta el segundo exacto en que tenía que quitar el mute, momento en el que se me olvidaban por completo, sin querer, como si nunca los hubiera practicado.
Los sábados camino por el Parque de El Poblado, frente a la iglesia, repitiendo en voz baja una frase que me costó el lunes anterior, y ahí, caminando y sin pantalla de por medio, es donde de verdad se me queda algo. Entre semana volvía a mis ejercicios para mejorar la dicción, no como tarea sino como calentamiento antes de las llamadas de la mañana.
Lo que cambió en la semana 4
En la semana 4 llegué al módulo sobre silencios y pausas. Siempre pensé que el silencio en una llamada era una falla que había que tapar con un "eh" o un "bueno". Confundía el nervio con el silencio mismo, como si fueran la misma cosa. Un cliente me lanzó una queja técnica complicada y hubo un segundo de vacío total, la mente en blanco de verdad. En vez de salir corriendo a llenarlo, conté hasta tres antes de responder.
Cuando escuché la grabación después noté algo que no esperaba: terminé la frase sin que la voz se me subiera al final pidiéndole permiso a nadie para existir. Se me enfrió el tinto sin que me diera cuenta, ahí al lado del teclado, mientras me escuchaba una y otra vez tratando de entender si esa calma era mía de verdad o un golpe de suerte. Anotar esa semana, por mínimo que pareciera el cambio, fue lo que más me sostuvo el hábito de seguir abriendo el cuaderno.
Escuchar otras voces en el grupo de práctica
La primera persona a la que le pedí que me dejara practicar un discurso en voz alta fue mi prima Esmeralda Parra, que vende cosméticos por WhatsApp y les manda notas de voz a sus clientas sin trabarse jamás. Tiene una facilidad para improvisar que no suena improvisada, y verla me hizo pensar que la voz sí se entrena, como cualquier otro músculo. Ahora practico con un grupo pequeño, y ahí está Miryam Sánchez, que tiene una voz fuerte pero deja que las pausas se le escapen antes de terminar la idea. Lo contrario de lo que a mí me cuesta. Oírla me ayuda a ver mi propio problema desde afuera: yo me trago las pausas por miedo, ella las salta por costumbre. Escribir bien nunca me sirvió de mucho ahí; hablar es un músculo distinto, y se nota apenas alguien más te escucha.
¿Qué le suma esto a mi desarrollo profesional?
No me convertí en presentadora ni quiero serlo. Sigo siendo alguien que prefiere el teclado, pero ya no me escondo detrás de él en las llamadas. Si te reconoces en esto, si te dicen que escribes increíble pero en las reuniones te apagas, capaz no necesites un curso de oratoria épica ni una fórmula para hablar en estadios. Capaz solo necesites algo parecido a El Arte de Comunicar, pensado para el día a día y no para la tarima, y un cuaderno donde ir anotando lo que cambia, sin prisa.
Todavía me falta camino. Hay días en que el eco de mi propia voz en una nota de WhatsApp me sigue pareciendo ajeno, pero ya no cierro la aplicación con vergüenza, qué pena admitirlo. He aprendido cómo perder los nervios al hablar con clientes aceptando que voy a seguir siendo principiante por un buen rato, y esa es, creo, la única lección que me llevo de todo esto: la voz no se arregla de un salto, se entrena entrada por entrada, semana tras semana, hasta que un día notas que ya no pides permiso para hablar.